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Inauguraciones

Por Pablo Alabarces

De entre todas las cosas fascinantes que tienen los grandes megaeventos deportivos, las que nunca me pierdo son las inauguraciones. Por supuesto, hablo de los Juegos Olímpicos y de las Copas del Mundo: los eventos continentales (Panamericanos, Copas América, Eurocopas, Copas de África) suelen no darle tanta importancia a las ceremonias de apertura. Son siempre puestas en escena de lo que una sociedad imagina sobre sí misma, y muy especialmente de cómo una sociedad desea ser vista por el resto de las sociedades; pero en los casos de los torneos continentales, la expectativa sobre el evento es menor, porque también se sabe que la audiencia es menor, que los efectos de esa auto-representación serán de menor importancia en términos de audiencias globales. O siquiera continentales: nadie vio la inauguración de los Juegos Panamericanos de Guadalajara…

Por supuesto: eso no significa que las inauguraciones sean lo más importante. Se trata de eventos deportivos, al fin y al cabo, de competencias donde todo puede ocurrir, donde el goce pasará por la incerteza de quién se coronará al final de todo el ciclo. Esa incerteza es mayor en los Olímpicos, porque las disciplinas se multiplican por decenas: aunque, al final de todo el ciclo, el resultado será previsiblemente el mismo, la avalancha de medallas doradas para los Estados Unidos, el segundo lugar chino y un pelotón apretado detrás de ellos. En estos casos uno extraña los buenos viejos tiempos de la Guerra Fría, que le agregaban pimienta geopolítica e ideológica al deporte.

En cambio, las Copas del Mundo son aburridas competencias donde los países latinoamericanos amenazan con desempeños que se frustran en cuartos de final, para que finalmente Brasil y Alemania insistan en decidir quién es el mejor.

(De acuerdo: eso ya no ocurre tanto. España ha aparecido y piensa quedarse mucho tiempo, al menos todo lo que dure la carrera de Xavi e Iniesta; y vaya a saber qué podrá hacer el mejor Messi. En fin: el fútbol siempre se las arregla para hacer de cada Copa un evento inolvidable… para los cuatro equipos que juegan semifinales).

Suena a espectador desapasionado decir que lo que más me interesa de estos megaeventos sean las inauguraciones, justamente allí donde nada incierto ocurre. Suena, incluso, a versión de sociólogo. Perdonen entonces: como espectador, lo más interesante sigue estando en los estadios, las piscinas, los courts, las pistas. En estas épocas, por ejemplo, un mes antes de los Juegos, comienzo a leer con más atención por dónde ha quedado el récord de los 100 metros, para saber qué velocidad debo esperar el día de la final: soy, y con esto confieso la edad, de una época en la que no se habían superado los 10 segundos. Desde la medalla dorada del básquet argentino en 2004, creo sinceramente que los Estados Unidos no son más invencibles –y quisiera que pierdan todos los partidos. Quiero ver a Nadal y Federer jugando por el oro. Quiero ver al volleyball brasileño, ese deporte hermoso que cuando juega Brasil se vuelve fascinante. Ya no me interesa el fútbol olímpico, porque después del equipo argentino de Bielsa en 2004 todo me parece mediocre. Tengo un extraño deleite cuando veo nado: me encanta ver el momento en que los y las nadadores giran al final de la piscina –he visto peores perversiones. Odio la equitación, el tiro en todas sus formas. Me intriga la garrocha; prefiero el salto triple; me aburre el maratón.

Y, claro, envidio a los periodistas deportivos que cubren los Juegos en el lugar –me dan lástima los que se quedan en los estudios y relatan todo por televisión.

Y las Copas del Mundo: tengo varios problemas con ellas. El primero es culpa de la sociología: mi tesis de doctorado fue justamente sobre fútbol y nacionalismo. Entonces, cuando llega la Copa comienza la demanda periodística: “Doctor, qué nos puede decir sobre el tobillo de Tévez?”. “Es cierto que los jugadores africanos corren más porque tienen mucha hambre?”. El segundo problema es culpa de las publicidades: un mes antes comienza la temporada narcisista argentina, y todas las publicidades se dedican a explicar por qué los hinchas argentinos son los más apasionados del mundo, por qué los defensores argentinos son los más pacíficos del mundo, por qué los delanteros argentinos son los más habilidosos del mundo, y por qué el mundo conspira permanentemente para que los equipos argentinos no sean los mejores del mundo –pero en la próxima Copa, ésta que va a comenzar, con la ayuda de dios y Maradona, mostraremos al mundo que somos los mejores del mundo, aunque el mundo no quiera reconocerlo. En fin, una temporada espantosa.

Y en tercer lugar, como dije: porque siempre ganan Brasil y Alemania. Y es de suponer que en 2014 ocurrirá lo mismo, salvo que juegue Obdulio Varela.

Entonces, veo las inauguraciones.

Como dije: cuando un país o ciudad inaugura un megaevento, quiere hacer una gigantesca puesta en escena de lo que ese país o ciudad, lo que esa comunidad imagina sobre sí misma, y de lo que quiere indicarle a la audiencia como auto-imagen. Y la audiencia, claro, son miles de millones de personas: es decir, todo el resto del mundo. Todavía no tengo demasiado pensado qué distancia hay entre la ciudad y el país: en las Copas del Mundo, la representación es obviamente nacional, pero en los Juegos, en los que el organizador es una ciudad, la cuestión puede complicarse: ¿puede presentar una ciudad una auto-imagen que sea contradictoria o disruptiva con la imagen nacional? En la mayoría de los casos que conozco y recuerdo, la ciudad en cuestión es la capital o la ciudad más importante (Beijing, Londres, Sidney, Atenas, Moscú); en otros, contados, la ciudad es representativa de, al menos, un estereotipo nacional que la ciudad no contradice –o, por el contrario, convalida: es el caso de Atlanta, que puso en escena todos los lugares comunes del norteamericanismo. Debería volver a ver la inauguración de Barcelona en 1992, no la recuerdo, en esa época no me detenía a pensar estas cosas; aunque eran tiempos de españolismo y los independentismos catalanes o regionales estaban bien guardados.

Esta idea de la auto-representación no es mía, no soy original: ya ha sido trabajada, especialmente por el español Miquel de Moragas Spa, que creó el Centro de Estudios Olímpicos en Barcelona justamente a partir de 1992, consciente de que los megaeventos son antes que nada fenómenos de comunicación. Pero además, ya estaba en las primeras ideas de los que comenzaron a analizar los fenómenos deportivos desde la antropología: en 1982, cuando el brasileño Roberto Da Matta organiza el primer gran libro de la antropología del deporte latinoamericano, O Universo do futebol. En esos trabajos, la categoría de ritual es decisiva: los deportes son enormes rituales –y entonces, los megaeventos son enormes rituales de masas para audiencias masivas– donde las sociedades se auto-representan. Para sí y para los otros. En ese viejo libro, treinta años atrás, Arno Vogel analizaba las Copas del Mundo de 1950 y de 1970 para pensar, a través de los rituales del funeral y del carnaval –respectivamente, claro–, qué pensaba el Brasil de sí mismo.

Leí a Vogel allá por 1994. Desde entonces, comencé a mirar con más atención las inauguraciones.

Era joven –final de mis adolescencia– cuando ví con sorpresa la primera inauguración de un megaevento. Por supuesto, fue la de la Copa de 1978 en Argentina.

Antes de ella, vimos pocas por televisión. Sencillamente, la televisión argentina fue en blanco y negro hasta 1979; y la primera Copa que vimos en directo fue la de 1970 (donde, recordemos, no jugó Argentina), y hasta que el satélite y el color nos permitieron acceder al espectáculo mundial, veíamos poco estos megaeventos. Después de los 90, nadie podía escapar a su influjo.

Pero en 1978, la inauguración de la Copa era un fenómeno local. La sorpresa y la expectativa eran grandes: era el primer evento de ese tipo organizado en el país (en 1951, Argentina había organizado los primeros Juegos Panamericanos, sin televisión, y ya nadie los recordaba). Y la organizaba la dictadura, nada menos, la peor dictadura de la historia. Desde la perspectiva de un adolescente de dieciséis años, la clave política no era decisiva, aunque el clima de terror era tan cotidiano que nadie podía permanecer indiferente. Ver la Copa, entonces, tenía un sentido básicamente de novedad –y hasta de expectativa futbolística. Pero además, mi hermano mayor (un año mayor) participaba en la inauguración: la organización había reclutado miles de jóvenes estudiantes de enseñanza media para participar en la puesta en escena inaugural, y aunque mi hermano nos había anticipado de qué se trataba –con pedido de discreción, porque el secreto militar había amenazado con represalias cualquier infidencia–, lo que queríamos con mi familia era ver… a mi hermano. (Por supuesto, no lo vimos: eran, literalmente, miles de jóvenes vestidos igual haciendo desplazamientos de masas o desfilando).

Años después, más de treinta años más tarde, volví a ver esas imágenes con atención de analista. Si las inauguraciones ponen en escena lo que una sociedad piensa de sí misma, la pregunta crucial es por quién organiza esa percepción y quién produce esa representación. En el caso de la Copa de 1978, el organizador y el productor era el Estado dictatorial: eran los militares que ocupaban el poder. Por eso, no podía esperarse ningún tipo de representación democrática; no podía esperarse que pusieran en escena los deseos de paz y progreso de nuestros pueblos empobrecidos y castigados; los sueños de igualdad y emancipación de nuestros pueblos desiguales y oprimidos. Lo que se vio fue el sueño militar: una sociedad disciplinada, ordenada, limpia, sin manchas o suciedades, sin disrupciones o transgresiones. Lo que se vio fueron miles de jóvenes vestidos rigurosamente de blanco –aunque en ropas deportivas provistas por Adidas– moviéndose disciplinadamente al sonido de silbatos que ordenaban los movimientos, los desplazamientos, los saltos, las figuras.

Todo muy disciplinado, muy ordenado, muy militar, en suma. Y enormemente aburrido. Al día siguiente, los diarios resaltaban el enorme éxito de una puesta en escena tan “ordenada”. Para terminar, la inauguración final la produce el jefe de estado del país organizador (protocolo que incluye también a los Juegos Olímpicos). En ese caso fue el general Videla, hoy asesino probado y condenado; entonces, un militar en plena posesión del poder de vida y muerte que arengó a los presentes como si fueran una tropa de cuartel.

Bueno, posiblemente lo eran.

En este mismo momento, en alguna oscura oficina de Brasilia o Rio, algún grupo de publicistas está comenzando a tomar notas y discutir ideas sobre las inauguraciones de la Copa y los Juegos. Todo esto que he narrado no es novedad para ellos y ellas: más aún, tienen en sus computadoras las inauguraciones de todos los megaeventos desde Italia para aquí –y no antes, porque sólo desde Italia 1990 y los Tres Tenores y la parafernalia del espectáculo italiano que las inauguraciones son espectáculos televisivos globales. Y entonces, los ven y toman notas y copian ideas y saben que su trabajo será visto, simplemente, por algunos miles de millones de personas en todo el mundo, simultáneamente. Saben que no pueden ser demasiado carnavalescos, pero no pueden evitar la tentación de la escola y el samba; saben que no pueden ser demasiado tropicalistas, pero los seduce el trío eléctrico.

Solo quiero que sepan una cosa más: que entre esos miles de millones estarán los y las latinoamericanos y latinoamericanas. Que estaremos viendo con envidia y a la vez con orgullo la única posibilidad de que uno de nuestros países organice semejantes espectáculos; que estaremos viendo con envidia y con amor la indudable capacidad brasileña para la música y la danza. Pero que estaremos viendo con atención y cuidado qué piensa la sociedad brasileña de sí misma, y si eso implica también pensarnos a sus compañeros de continente. Si Brasil se auto-presenta como el nuevo coloso de la fiesta de los poderosos, o si, entre otras posibilidades, se representa como nuestro hermano mayor, aquél que viene a recordar al mundo que los pobres, los castigados, los oprimidos, se han levantado para reclamar justicia e igualdad.

Y con esto, les he pedido a los publicistas brasileños que pongan en escena mi deseo. No quise ser tan pretensioso: olvídenlo.

Pablo Alabarces es Doctor en Sociología por la University of Brighton, Inglaterra. Es Profesor Titular de Cultura Popular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, en la que dirigió su Doctorado entre 2004 y 2010, e Investigador Principal del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas). Ha sido Profesor Visitante en diversas universidades en la Argentina y en el exterior (en Brasil, México, Colombia, Uruguay y Gran Bretaña). Especialista en el análisis de las culturas populares, es considerado uno de los fundadores de la sociología del deporte en América Latina. Entre sus libros se cuentan Fútbol y Patria (2002, publicado en Alemania por Surkamp en 2010), Hinchadas (2005), Resistencias y mediaciones (2008) y Peronistas, populistas y plebeyos. Crónicas de cultura y política (2011).
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